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¿Para qué votar? El sufragio como primer paso

Por Dirección de Capacitación Electoral
Comisión Estatal Electoral Nuevo León

Tarde o temprano, en algún momento de su carrera laboral, cualquier profesionista se enfrenta con un problema difícil de resolver que le hace exclamar: “¡Esto no me lo enseñaron en la universidad!”. No queda más que aprender sobre la marcha y encontrar la solución, pero no porque la realidad del trabajo le muestre su inexperiencia tiene que desestimar su formación académica, al contrario, es necesario que reconozca que sin ella no hubiera logrado salir adelante por su propia cuenta.

Tal profesionista habría de pensar los problemas públicos de la misma manera: no puede desentenderse de estos solo porque desconoce cómo solucionarlos —“La sociedad no me enseñó”, sería su excusa— y renegar de su responsabilidad cívica. Sin embargo, de nada sirve el conocimiento si no hay interés por cambiar.
En las próximas elecciones esto le puede pasar a muchas personas.

“¿Para qué ir a votar si todo va a seguir igual?”, se diría con desánimo o “¿Qué importa quién gobierne, si nunca nos hacen caso?”. Tratar de rebatir opiniones así no es tarea sencilla; además, si a lo anterior se suma la desconfianza hacia las instituciones —incluidas las electorales—, se trata de ir contra la corriente.

Ante estas circunstancias es preciso aprovechar la fuerza del descontento y el hartazgo para promover la participación en las elecciones. Por principio de cuentas, se puede aceptar que las cosas no están del todo bien en México: el establecimiento de la democracia no trajo consigo el bienestar económico ni redujo las desigualdades sociales, la inseguridad se ha extendido por muchas partes del país y el deterioro medioambiental continúa. Permea la idea de que los gobiernos emanados democráticamente no han hecho mucho para solucionar los grandes problemas nacionales. Vale entonces la pena preguntarse: «¿Para qué votar?».

La respuesta no es fácil de reconocer, porque votar no es la solución a todos los problemas sociales. La asistencia a las urnas, la elección por uno u otro partido o candidatura, no es más que el primer paso en el camino de la participación ciudadana, pero, eso sí, uno importante. Los problemas siguen donde están después de los comicios; el voto es una indicación de rumbo dada por la ciudadanía. El voto no es el fin, es apenas el comienzo; hay que seguir participando como cualquier otra labor de todos los días.

Una vez electas las autoridades es indispensable informarse acerca de su actuación y revisar si realmente cumplen con sus promesas de campaña; solamente así se les puede exigir. ¿Cómo hacerlo entonces?

Actualmente, contamos con la Ley de Participación Ciudadana para el Estado de Nuevo León, en la cual se establecen instrumentos de participación como la audiencia pública, el presupuesto participativo, la consulta popular, entre otros, que están sujetos a tiempos y procesos precisos. Esta ley protege la participación ciudadana como el derecho de las y los ciudadanos y habitantes de la entidad a intervenir y participar, individual o colectivamente, en las decisiones públicas, así como en la formulación y evaluación de las políticas, programas y actos de gobierno.

Al mismo tiempo, es posible involucrarse al margen de las instituciones del Estado. Las organizaciones de la sociedad civil han colaborado en la solución de los problemas del país; sin embargo, los cambios se pueden lograr desde lo más mínimo. El ser parte de una junta vecinal o de una asociación altruista permite salir de zonas de confort y sentirse parte de la sociedad. Sin importar de lo que se trate, hay que seguir en el camino de la participación, empezando por las elecciones, pero mirando más allá de estas.